Articulo extraído de la "Monografía de Laguna Larga", cuyo autor es Arturo G. de Lazcano Colodrero

Con Don. Eduardo Pastoriza

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SUS RECUERDOS

Los dueños de la casa Carballal y Sagués llegaron un día por España en viaje de placer, a donde volvían después de largos años de ausencia y constante lucha en suelo americano, en el que en su juventud decidieron afincarse en busca de mejores horizontes.
Dn. Francisco Pastoriza, que a la sazón contaba diez y ocho años de edad, se dejó seducir por el relato de los viajeros, y sin más ni más empaco sus maletas decidiendo acompañarlos en el retorno, dejando atrás su tierra querida de Galicia con sus gratos recuerdos y no pocos afectos.
Aunque había comenzado a luchar en la vida con cierto éxito, ganándose el sustento con relativa facilidad, sin embargo le pareció que su nuevo destino le ofrecía mayores perspectivas, y que en él un buen día se verían coronados sus afanes y ansias de triunfo.
No siempre el medio en que nos toca actuar, y el resultado de la lucha, es como uno se lo imagina, y para llegar a obtener el codiciado triunfo es indispensable estar munido de un temple de acero, porque de lo contrario se deja en la mitad del camino las venturas y sueños de mejores días.
Dn. Francisco, tal vez sin saberlo ni sospecharlo, había nacido con esa cualidad, de la que tuvo que valerse por el imperativo de las circunstancias, a fin de no fracasar al cabo de tantas ilusiones.
Llegado a Laguna Larga después de un largo viaje con sus nuevos patrones, comenzaron los primeros desencantos y aciagas amarguras. Esto ocurría allá por 1905, cuando el aludido pueblo se reducía a unos cuantos ranchos y algunas pocas casas de material cocido. Nada agradable, por cierto, resultaba la vida a un joven de diez y ocho años, que aparte de sus buenos propósitos de obtener mejoras materiales ansiaba, como era justo y lógico, algunas expansiones para el espíritu, que el reducido pueblo de entone es no se las, podía brindar en ninguna forma, y que sus patrones, por otra parte, no le daban tiempo ti¡ ocasión a buscarlas, por haberles impuesto a sus empleados encierro verdaderamente claustral, al margen en absoluto de toda diversión o mero entretenimiento.
Refiere Don. Francisco que en aquellos lejanos tiempos no se trabajaba de sol a sol, como reza la frase vulgar que determina la jornada en ese espacio de tiempo, sitio desde que comenzaba el día hasta las diez, once o doce de la noche en que recién se cerraba el negocio, turnándose entre los empleados los minutos indispensables en las horas de comer.
Su sueldo inicial fue de quince pesos, si bien se le daba la comida y la ventaja de tirar su colchón, en los días de invierno, en el propio mostrador del negocio pasando la noche entre malolientes olores de cueros de zorrinos que se mezclaban con otros no menos fétidos en constante y abrumadora competencia. En cambio, en las apacibles noches de verano, se desquitaban durmiendo sobre un catre tendido en el patio bajo el manto titilante de las estrellas, pero con el inconveniente a veces, de que las vizcachas, que tanto merodeaban en todo el pueblo, habían resuelto dejarlos con la planta al suelo, llevándose a sus guaridas el calzado y calcetines.
Para qué hablar, agrega Don. Francisco, de los días de lluvia, en que calles y caminos eran intransitables para vehículos y peatones, formándose verdaderas correntadas de agua que parecían ríos desbordados, viéndose (111 lit necesidad de formar con cajones y tablas puentes por donde pasar la gente. Esto era cuando llovía, pero si no llovía, se producían los guadales, en los que se enterraba el pie hasta cerca de la mitad de la canilla.
Las funciones que cada uno desempeñaba en la casa de negocio, no estaban limitadas por ningún escalafón o categoría, y tan pronto era preciso, a igual que cualquiera de los peones, hombrear bolsas bien rellenas de mercaderías por lo general pesadas, o ponerse detrás del mostrador a despachar con la habilidad de un experto dependiente.
Todo esto produjo en su ánimo un cierto cansancio y desaliento que se transformó en marcada morriña, la que a su vez atacó en forma ostensible a su organismo, que día a día se debilitaba de tal manera, que fue forzoso, preocuparse seriamente del remedio que pusiera dique al avance de la enfermedad. Dn. Francisco no encontró otro más práctico y seguro que volverse a España. Así lo pensó y así lo hizo, resultándole el viaje y su estada, en las hermosas tierras de Galicia, el mejor tonificante para el cuerpo y el espíritu, recuperando al poco tiempo la vitalidad perdida, a la vez que te nacían nuevos bríos y halagadoras esperanzas para el futuro.
Pero a la distancia comprendió que Laguna Larga lo atraía. Abrigaba en su mente la intuición de que aquel pueblo mísero triste y hasta vulgar desposeído de todo atractivo, encerraba en sus entrañas posibilidades promisorias para el porvenir, y se volvió a luchar de nuevo, cara a cara con el destino, dispuesto a dejarle la partida a la Diosa Fortuna a fuerza de tesonera y abnegada constancia.
Las cosas en el pueblo poco cambiaban, pero ya cambiarían .Se carecía de comodidades de toda especie, faltando hasta los elementos más necesarios para la higiene personal. Los empleados de la casa de negocio en la que estuviera, donde encontró a su regreso las puertas abiertas, se bañaban con una regadera en los días bochornosos, echándose agua unos a otros, Y los patrones, como un lujo propio de magnates que no todos podían darse, cada ocho días acudían a Córdoba en procura de un refrescante e higiénico baño
El trabajo duro y sin descanso no permitía, como hemos dicho, diversiones ni pasatiempo de ninguna especie. Se trabajaba todos los días del año, incluso los domingos respetándose tan sólo el 25 de Mayo, 9 de Julio y Jueves Santo. A esto se reducía la tregua durante los trescientos sesenta y cinco días que emplea la Tierra en recorrer su órbita. Pero no faltó quien legislara sobre el particular, implantándose el descanso dominical por medio día. Esto, claro está, produjo el grito en el cielo entre los comerciantes, que se veían arruinados con semejante medida, que calculaban que solamente podía salir de la mente de un loco. ¡Qué se puede decir de las cosas que manifestaron cuando se les obligó que el cierre fuera completo!
Cuenta el señor Pastoriza que esto les trajo a los sufridos empleados un tonificante respiro, que aprovechaban para concurrir a lo de Dn. Eloy Gómez, quien tenía un bar y reñidero de gallos, donde los aficionados al viril deporte acudían con sus ejemplares bien preparados llevándolos con todo cuidado en la mano siendo algunos de ellos famosos por sus bondades, a que sus partidarios jugaban a una mula un caballo o una vaca, cuando no era una pila de ladrillos.
También las carreras cuadreras tenían sus adeptos favoritos, y cómo es posible olvidar al "Pico Blanco y al "Laguna Larga", orgullos del pueblo, que dieron buena cuenta de cuantos contrincantes bajaron a disputarles el terreno.
Los años pasaban, y la firma Carballal y Sagués, convertida en Sagués y Cía., acrecentaba sus ganancias, a la vez que se dedicaba a otros ramos y mercaderías en cuya casa Dn. Francisco ascendía en consideración y respeto, participando de sus triunfos y utilidades. Y así volvió al terruño, en un segundo viaje, de donde trajo la que es compañera de su respetable hogar y madre de sus hijos, en los que cifra sus esperanzas y concentra sus, más puros afectos.
Hoy Don. Francisco continúa en la expresada firma como habilitado, desempeñando, a la vez, funciones de gerente.
Para él no hay como Laguna Larga. De aquel pueblito mísero y triste sólo queda el recuerdo,; recuerdo que trae a su memoria días de lucha, de Sacrificios, pero sus ojos se iluminan de alegría cuando piensa cómo lo vió nacer; y cómo fue creciendo paso a paso, para convertirse en lo que es y lo que se imagina que será en el futuro.
Hombres que así se apegan y quieren a la tierra donde depositaron todas, sus ilusiones y afanes sin medir la adversidad, son di-nos ejemplos de forjadores de Patria.

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